lunes, 25 de abril de 2011

VINDRAVAN Y EL ANTISATI

(Autor de la Fotografia: G. Falcó)







Dedicado a todas las mujeres, compañeras anónimas de esta dolorosa vivencia;
A todas las que amaron sin limite ni condición y que fueron sometidas al sati o aislamiento.
Muchas no sabrán leer, ni escribir y mucho menos protestar. Nadie las enseño.
Este antisati es por todas ellas y por mí misma.



Es difícil expresar como me siento. Es complicado asumir y conseguir abstraerme de la condena que se me ha aplicado. He sido condenada a pagar el dolor ajeno, la supuesta perdida de ellos, mi insultante permanencia.
Cada uno vive la misma perdida de una manera diferente. Se puede aceptar y almacenar los recuerdos positivos como un tesoro infinito o buscar un culpable y condenarle a que pague el dolor y nuestros propios conflictos y culpabilidades que no estamos dispuestos a asumir ni a resolver.
Parece que el paso del tiempo, el devenir de los siglos debiera provocar una modificación de conductas. Asimismo, pensamos que nuestra cultura tan moderna, tan occidental desterraría comportamientos a todas luces, crueles, injustos, condenables. Pero conmigo como con muchas mujeres en el resto del mundo, no ha sido así. Esta es la realidad que me ha tocado vivir, la que ellos han decidido que yo viva, y es “matarme en vida”. Su muerte me convirtió en culpable de forma automática.
En la India cuando una mujer queda viuda pierde instantáneamente todos los derechos y pertenencias del que fuera su marido, es su familia política la que decide su futuro. La sociedad las aparta y acaban siendo seres invisibles, debiendo ir vestidas de blanco, con las cabezas rapadas y sin ningún adorno, para que todo el mundo las reconozca y así pueda evitarlas. Muchas de ellas recurren al denominado sati, una especie de suicidio que cometían ancestralmente y que hoy “la modernidad” de las leyes ha reprobado pero no así la religión ni las benditas costumbre sociales. Se les tiene prohibido casarse de nuevo, acudir a ningún acto social, se las aísla. Por eso, la gran mayoría se acumulan en una ciudad denominada Vindravan, “ la ciudad de las viudas”,donde viven de forma lastimosa, de la caridad y abandonadas a su mala suerte, en espera de la muerte biológica, dado que es lo que se espera de ellas.
Según el Código de Manu, una de las escrituras sagradas más antiguas, una mujer no será nunca independiente. “Una viuda debe sufrir mucho antes de morir, debe ser pura en cuerpo, pensamiento y alma”.

Así viven en dicha ciudad, Vindravan, dedicadas en gran parte a sus oraciones para redimir su culpa, la culpa de haberse quedado viudas, la osadía de permitirse vivir sin amparo masculino.

2 comentarios:

musogato dijo...

No te dejes. No tengo más palabras.

Kateme dijo...

Nunca me dejare, no te preocupes.